30 días | Bonus | Reto literario

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Por petición sin querer queriendo de FaKRaS, un adorado suscriptor, decidí ponerme el reto bonus de escribir una historia juntando todas las palabras del reto Una palabra por 30 días en una sola. Por supuesto, es más larga que las anteriores, pero he intentado que no quede eterno por el bienestar de vuestras retinas. De nada. ヽ(o⌣oヾ)

Yo soy una persona que se pierde mucho en su propia cabeza. Me gusta imaginar que objetos cotidianos se usan de forma diferente a como están destinados. El mundo al revés es mi credo.

De pequeña disfrutaba mucho cuando mi madre me leía Alicia en el País de las Maravillas. Siempre he querido vivir una aventura como la suya.

Recuerdo que con doce años mi padre nos llevó a mi hermano pequeño y a mí a la playa mientras nuestra madre trabajaba. Nos encantaba hacer castillos de arena y esconder tesoros en ellos que los soldados de la Corte debían defender con sus vidas.

También recuerdo la mirada asesina de una mujer que había tomando el sol con la cara blanca del exceso de protector solar mientras hacía sonar mi campana para dar inicio a la batalla para defender nuestros castillos.

No es casualidad que me venga este recuerdo a la memoria justo ahora ya que, ocho años después, estoy en esa misma playa en un bote con mi novio viendo los peces pasar por debajo nuestra mientras compartimos nuestros recuerdos de niños.

A mediodía, volvimos a la orilla a comer algo y descansar en las hamacas bajo la sombra de una buena sombrilla. Poco después de acostarme vi a lo lejos una llama azul de una de las antorchas que decoraba la playa. Era la primera vez que no la veía naranja.

Empezó a extender el humo que generaba a un nivel sospechosamente bajo, como una neblina. Se crearon unas nubes negras en el cielo que gritaban una lluvia inminente. Intenté gritar el nombre de mi novio para advertirle del mal tiempo, pero al girarme vi que estaba sola. ¿Cuándo se había ido?

Siempre tuve pánico a las tormentas, pero saqué el valor de donde pude y me fui corriendo a una casa de madera cercana. Seguía sin haber rastro de mi novio. ¡Que le zurzan! Si esto fuera una película, ahora mismo estaría envuelta en medio de un crimen. Por suerte, no es el caso. Que yo sepa, sigo siendo de carne y hueso, de momento. Ya tendré tiempo en otro momento de soñar con visitar a un desconocido a la cárcel para maldecirle.

Ya que no tenía nada mejor que hacer, me puse a mirar las fotos que inundaban las paredes. Sin darme cuenta, el humo de la playa llenó la casa como si fuera una adolescente con poca autoestima intentando parecerme a los chicos populares haciendo un submarino en un sitio público. Cuando desperté de mi colocón, ya no estaba entre esas cuatro paredes.

No sé qué pensar. Empecé a buscarme chichones en la cabeza. Tendría sentido que me diera un golpe en la cabeza en la playa y por eso desvarié imaginando lo del humo de la antorcha. Dudo que eso pasara de verdad, ¿no? Pero eso no explicaría el olor extraño de mi pelo. Es como el ambientador de pino caducado que daban gratis en algunas estaciones de lavado para colgar en el retrovisor del coche.

Dejando el tema a un lado, vayamos a lo importante: averiguar dónde estoy. Parece una aldea de estas que encuentras perdida en la montaña que solo tiene dos calles. Lo que no entiendo es por qué no hay nadie por la calle.

Eché a andar y encontré un puesto de venta ambulante que regentaba un anciano con cara de no haber dormido los últimos cincuenta años. Supongo que sería extranjero, porque parecía no entender nada de lo que le decía. Tenía artilugios y antigüedades. Lo típico que compras en una feria medieval.

Miré qué tenía, ya que estaba ahí y, aunque primero me asusté, vi que tenía un hueso falso. ¿Quién querría pagar siquiera una moneda por ello? Irónicamente, me tragué mis palabras y se lo compré con el dinero que me sobró de la comida. Nunca sabes cuándo vas a necesitar defenderte con un hueso de plomo, como quien se defiende con una palanca.

Seguí paseando hasta llegar a un pequeño parque que había junto a una arboleda. Para variar, estaba vacío. Examiné mi hueso, por curiosidad científica, y vi que tenía una línea que daba una vuelta completa a uno de los extremos. Al final el hueso será más útil de lo que pensaba.

En realidad era un estuche que esconde una pluma dorada y, además, trae un pequeño contenedor de tinta para mojar la punta. Lo abrí y parecía estar caducado. Estaba espeso y pegajoso como si alguien hubiera derretido un puñado de caramelos masticables y los hubiera vertido dentro en un intento original de broma inocente.

Quería probar si de verdad funcionaba, así que agarré la primera hoja que vi que no estuviera seca, me senté en una de las mesas que había (supongo que lo usaban de merendero) y preparé mi material de escritura. Me siento profesional y una niña al mismo tiempo.

Debido a la complejidad de su uso por la textura, empecé poniendo puntos. Me sorprendió ver que brillaran, como si fueran estrellas en el firmamento. Fue todo un acierto que justo llegara el atardecer y se pudiera apreciar la belleza del tintaramelo (pendiente de patente).

Me pareció acertado dibujar un tren. Tenía pocos detalles porque yo soy nula en el arte, pero algo decente debería salir. De repente, escuché el pito de un tren. Estaba llegando a la aldea. Ni se me había ocurrido que pudiera haber una estación de tren. Fue una grata sorpresa. Seguí su sonido corriendo para ver hasta donde llegaba. Por supuesto, no me olvidé de mi nuevo juguete. Le voy pillando el gusto.

Llegué justa al andén. El tren estaba todavía allí. Un señor con gorra de maquinista iba a entrar en una sala que parecía ser una oficina. Le llamé antes de perderlo de vista para preguntar dónde estábamos y cuánto costaba el billete.

Tras decir un nombre que no había escuchado en mi vida, me dijo que volver a casa me costaría 20$ y ocho horas de traqueteo. Pagué y me subí al tren. Estaba bastante lleno y había buen ambiente.

Me pedí un té helado. Me lo saboreé lento, pero tampoco me esperé a que se derritiera el hielo. Es muy bonito ver el cielo nocturno viendo solo lo que las estrellas y las luces del tren me quieren enseñar.

Tuve la suerte de encontrar el camino de vuelta a casa sin mucho problema. Eché un vistazo al vagón y, por algún motivo, la gente me resultaba muy familiar. Incluso el acuario con peces de colores que decoraba el vagón restaurante. También había una mujer muy callada, una familia con apariencia pobre y una niña con un pollito, entre otros.

Aproveché para darme un sueño reparador. Cuando desperté ya no estaba en el tren. Estaba en la hamaca de la playa al lado de mi novio que dormía como un lirón. Creo que sí me di un golpe fuerte en la cabeza o la imaginación se me ha ido de las manos.

Me levanté y miré alrededor de la hamaca en busca de algo duro que pudiera ser imán de mi cabezón. Entre la arena encontré un estuche de color marrón con un alano español que sostenía un hueso en la boca bordado en una de sus caras. Lo abrí y dentro estaban la pluma dorada y el tintaramelo.


Si os apetece ver una versión diferente a la que estamos acostumbrados de Alicia en el País de las Maravillas y, de hecho, es la original (sí, tenía el pelo moreno, no rubio como nos hizo pensar Disney), clickad sobre la siguiente imagen y encontraréis el libro con ilustraciones (afiliado):

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