Elizabeth

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Era mi 16 cumpleaños. Mi padre tenía preparado una gran fiesta en palacio a la que estaba invitado todo el poblado, los reyes vecinos y, por supuesto, nuestra familia. No entiendo por qué le daban tanta importancia a mi cumpleaños si siempre habían hecho una fiesta íntima: mamá, papá y mis dos hermanos. No éramos más. Lo cual me hacía sospechar que mi padre planeaba algo. Tendría alguna sorpresa preparada.

Llegó la noche. Eran las ocho y ya se veía el cielo nocturno lleno de estrellas y se escuchaban las ranas croar en el tanque junto a las luciérnagas que iluminaban el pequeño parque trasero. Me encantaba mirarlas revoloteando desde la ventana de mi habitación. Era relajante. Ojalá fuera tan libre como ellas. Sin complicaciones, sin horarios, sin normas de conducta.

Empezaron a llegar los primeros invitados. Eran los reyes del poblado vecino junto a su único hijo de 7 años. Eran muy simpáticos, he de decir. Sé que habían tenido más hijos, pero los cinco murieron o desaparecieron en la última guerra. Nunca quedó claro qué pasó.

-Hija, ven a saludar -fui directa hacia ellos con una sonrisa fingida. No tenía ningunas ganas de estar ahí, pero debía obedecer. Eran las normas-.

-Oye, ¡cómo ha crecido tu hija! Encantada de verte de nuevo, Elizabeth. Y felicidades por tus 16 años. Te estás convirtiendo en toda una mujer -sonrió-.

Me fijé en una cruz tatuada en la perilla de su oreja. Su marido también la tenía. Me resultó extraño. No es común que los reyes de aquí tengan tatuajes. La última vez que los vi, antes de su gran pérdida, no los tenían. ¿Será una forma de recordarse su fortaleza y que deben hacerlo bien con el hijo que les queda?

La fiesta dio comienzo. Habían llegado todos los invitados pronto. Sobre las diez de la noche ya habíamos terminado de cenar. Aproveché para hacer una pequeña escapada al estanque de las ranas. Necesitaba huir un poco de todo ese jaleo. Estuve un buen rato mirándolas. Entonces, me di cuenta. Cinco de las siete ranas que había en el estanque tenían la misma cruz que tenían los reyes vecinos tatuadas también. Esto se estaba volviendo extraño…

Intenté tocar el tatuaje de una de las ranas para ver si eran de verdad, pero una de ella me dio un lametazo y me asusté. Empecé a sentirme extraña en cuestión de segundos, hasta que me desmayé. Cuando desperté aún era de noche, pero la fiesta ya no se escuchaba. ¿Tanto rato había pasado inconsciente y nadie había venido a buscarme? Las ranas y las luciérnagas tampoco estaban ya.

Intenté entrar en casa, pero estaba todo cerrado a cal y canto, incluida la ventana de mi habitación. Ni siquiera sabía que era posible cerrar esa ventana. ¿Ahora como vuelvo a casa? ¡No hay nadie! Me adentré un poco en el bosque, no mucho. Sabía que había una pequeña casa de madera donde vivía una familia. Quizá me podrían ayudar.

La puerta estaba abierta, así que entré y pregunté si había alguien. Nadie respondió. Estaba la mesa servida. Había carne de varias clases. Pollo, pavo y no sé que otros animales también cocinados. Estaban los platos vacíos, listos para llenar. Nadie contestaba a mis llamadas, por lo que decidí buscar a la gente en el piso de arriba. Había un niño. Su cara me resultaba familiar.

-¿Tú quien eres? -preguntó el niño-.

-Estaba buscando a la familia que vive aquí. Me desmayé cerca de aquí y ahora mi casa está cerrada y vacía. No sé como entrar y esperaba que me pudieran ayudar. Vivo en el castillo.

-¿En el castillo? Pero si ahí no vive nadie. Siempre ha estado abandonado. Aquí solo vivo yo junto a mis cuatro hermanos. Ahora están cazando para tener provisiones para invierno, pero no creo que tarden en volver. Puedes quedarte conmigo si quieres hasta que lleguen y luego ellos seguro que te pueden ayudar -el niño se me quedó mirando fijamente, creo que esperando una respuesta, aunque me hacía sentir un poco incómoda-.

Accedí a aceptar su ayuda. No tenía otra opción. No sé si es que no suele salir de casa para pensar que mi casa estaba abandonada o que sus hermanos le habían mentido al respecto para intentar protegerle y que no le pase nada en su ausencia mientras ellos están fuera. Pasaron dos largas horas hasta que sus hermanos llegaron. Ellos no me reconocieron, pero yo enseguida vi quienes eran. Ellos no viven aquí. Ellos se supone que están muertos, o desaparecidos. Ya no sé que pensar. La cabeza me da vueltas.

-Eh, Carl. ¿Quién es esta chica? ¿Qué hace aquí y cómo ha llegado? No sabía que vivía más gente por esta zona-dijo el hermano mayor-.

-¿No me reconocéis? -Cada vez estaba más asustada. ¿Cómo que nadie vive por aquí?¿Qué estaba pasando? ¡Hoy era mi cumpleaños y estaba lleno de gente!- Yo conozco a vuestros padres. Hace años que pensábamos que estabáis muertos o desaparecidos. ¿Dónde estábais?-.

Entonces lo vi. Tenían el mismo tatuaje que sus padres y las ranas. En la perilla de la oreja. El comedor me empezó a dar vueltas. Me desmayé otra vez.

Desperté junto al estanque. Las ranas ya no estaban, pero la fiesta había vuelto. Fui corriendo a intentar abrir la puerta. Estaba todo como lo había dejado. Mis padres hablando con los reyes vecinos, mi familia bailando y los habitantes del pueblo estaban aprovechando para comer todo lo que podían. No entendía nada.

Mi padre se giró hacia mí. Se quedó mirándome triste. ¿Había hecho algo mal?

-Hija, ven aquí -mi padre se arrodilló para ponerse más a mi altura-.Tenemos que hablar.

-Papá, ¿cuánto tiempo he estado fuera? Me han pasado cosas muy raras. Tengo miedo -me empezó a salir la lagrimita-.

-Tienes que irte con estos buenos señores. Es necesario. Solo será un mes. Como unas vacaciones. Tú no te preocupes -la expresión triste de mi padre no se le iba de la cara. Mi madre ni siquiera podía mirarme a la cara-.

-Papá, ¿no me estás escuchando? Está pasando algo raro. Me he encontrado con los hijos desaparecidos de ellos dos y se piensan que el castillo está desierto, al igual que la ciudad entera. Pero me desmayé de repente hace un rato y no sé si aún estarán donde les vi. Viven en la casita de madera que hay a la entrada del bosque.

A los reyes vecinos y a mi padre se les cambió la cara de repente. Una mezcla de sorpresa y decepción. En cambio, mi madre se giró hacía mí, me miró fijamente con los ojos muy abiertos y una expresión de terror y se abalanzó hacia mí para cogerme en brazos y salimos las dos corriendo del salón de baile.

-Mamá, ¿qué está pasando? ¿Por qué hemos salido corriendo?

-Hija, no lo entenderías. Solo puedo decirte que estás en peligro.

-Pero mamá, ¡necesito respuestas! -grité desesperada-.

-¿Quieres respuestas? Te lo diré. Eso que has vist- -de repente y sin aviso mi madre se quedó pálida, dejó de respirar, se cayó al suelo y le salió el tatuaje de la cruz mientras se convertía en una rana-.

No podía dar crédito a lo que estaba presenciando. Me quedé paralizada. No sabía que hacer. Solo podía pensar en que mi madre estaba muerta o algo parecido. Solo quería volver con mi madre. Mientras estaba en shock vi como mi padre y su “amigo” se acercaban y cómo me tocaron con algo viscoso en la frente. Eso es lo último que vi.

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