El amor en color blanco

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Érase una vez…

Una niña poco habladora, de pocos amigos y muy tímida había salido con su padre a pasar el día jugando con la arena en la playa. Su padre veía que su hija era diferente a las demás y que, pese a intentar disimularlo, se sentía sola. Pero no lo confundáis. Le gustaba disfrutar de su tiempo en soledad. Y, aunque parezca contradictorio, también puedes sentirte solo en una habitación llena de gente. La niña había perdido a una persona importante en su vida y él quería ayudarla.

El padre no podía estar todo lo que quería en casa. Tenía que trabajar para mantener a la familia. La niña lo sabía. Por eso nunca se lo reprochó ni se enfadó con él. Desde bien pequeña, aunque no se enterara de todo lo que sucedía a su alrededor, sí era consciente de este tipo de cosas y estaba agradecida por lo que él hacía por ella.

El primer gesto de ayuda llegó ese mismo día al irse de la playa. Se acercaba el cumpleaños de la niña. Fueron directos a la perrera, sin ella saberlo, a por ese compañero que tanto necesitaba. Todos los perritos saltaban de alegría. Todos querían irse con ella a casa. Todos… Menos uno. Un perrito blanco de unos dos añitos permanecía en un rincón con carita triste. Ella se sintió muy identificada y se lo quiso llevar para poder darse ese amor el uno al otro que ambos tanto necesitaban. El dueño de la tienda les advirtió que ya lo habían devuelto dos veces por ser violento y que nos recomendaba llevarnos cualquier otro. Eso solo la terminó de convencer. ¿Por qué habrá pasado ese perrito para actuar así? Ella sabía en el fondo muy bien por qué era, pues por lo mismo ella ahuyentaba a la gente a su alrededor: un agujero en su vida.

Al principio desconfiaba de todos. No salía de debajo del sofá salvo para ir a comer cuando no había nadie en casa. Con el tiempo, perdió ese miedo y se convirtió en un perro cariñoso y valiente, capaz de defender a sus dueños de lo que fuera. No soportaba ver al padre enfadado o a la niña llorando. Eran su familia. Al cabo de un año descubrieron por qué el perro era tan violento con sus antiguos dueños. Un día jugando la niña y el perro en casa se les cayó una planta al suelo. Al ir a recoger la tierra con la escoba, el perro empezó a ladrar y se escondía. Hasta ahora, solo se iba al piso de arriba cuando limpiábamos. Pero esa vez fue diferente. La niña no entendía nada.

Terminó de recoger y se agachó para ver al perrito. ¡Estaba temblando! ¿Acaso pensaba que le iba a reñir? ¿Acaso pensaba que le iba a… pegar? Le demostró que no tenía nada que temer. Le tendió la mano y cuando el perro le dio permiso (dejó de ladrar), le acarició la cabecita y le abrazó. El perro se calmó y le besó en la cara. Desde ese día no volvió a pasar miedo, aunque seguía sin gustarle la escoba.

Durante 13 años el perro dio alegría y calidez a la familia. La niña empezó a abrirse más a la gente, aunque le costaba por su timidez. A sus 12 añazos, el perro tuvo la última camada. Porque sí, también tenía defectos: era posesivo (no quería que nadie tocara el sofá salvo sus dueños), racista (creedme que sí) y mujeriego. El padre de la niña le dio otra sorpresa. Sabía lo felices que eran con su compañía y que ya se hacía mayor. Seguramente sería la última oportunidad de tener un hijo suyo, por lo que adoptaron a uno de sus hijos: el más rebelde, más amoroso, más igualito a su padre y más perfecto de todos. A ojos de la niña, claro.

3 años después, el perro mayor falleció por motivos naturales. La niña ya no era una niña. Ya se había independizado. Hasta al cabo de un mes no se enteró porque iba poco a su antigua casa. Al llegar y notar el silencio, preguntó dónde estaba el perro. Ya no estaba… La noticia la destrozó. Sabía que ese día tenía que llegar en un futuro cercano. Aunque lo sepamos, nunca estamos realmente preparados para decir adiós.

Para colmo, 3 años después (el perro pequeño ya tenía 6 años), el padre de la niña ya estaba muy mayor y no se podía hacer cargo del perrito. Y la hija tampoco porque no tenía ni dinero ni espacio para poder mantenerlo como es debido. Decidieron lo más sensato y lo más duro: buscarle otra familia que le pudiera dar lo que ellos no podían.

Para poder saber qué era de él, se lo dieron a un amigo del padre que vivía cerca y tenía jardín, una casa grande y toneladas de amor que dar. A día de hoy el perrito sigue viviendo feliz, pero la niña sigue pensando en su familia canina a diario y en que ojalá ella se hubiera podido hacer cargo. Los echaba de menos. Nunca olvidará los buenos momentos juntos y lo feliz que fue. Nadie los podrá sustituir, pero está deseando que llegue el día en que sea ella quien le de un nuevo hogar a un perrito triste para hacerlo feliz tal como le permitió su padre cuando ella tenía casi 7 años. Ahora, esa niña adulta os dice…

…Carpe diem

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